Páginas vistas la semana pasada

lunes, 17 de febrero de 2014

Una ciudad de mierda

Lejos de desaparecer, de ir a cada vez a menos, nuestras calles se ven pobladas por heces, deyecciones, excrementos, deposiciones… hablemos claro, de mierdas de perro abandonadas por sus amos, dejadas para que otros las esquiven, las pisen, se asqueen.


Hablar aquí de esto, me resulta absurdo, pero inexorablemente necesario. En un blog de ciencia policial?
Pero al final la policía local, que en este caso es competente, qué hace si no es hacer cumplir las ordenanzas municipales. Es la herramienta política perfecta para “atajar” este triste y endémico problema de los pueblos españoles. Que la policía multe a todo aquel que no limpie las deyecciones de su mascota en la vía pública y asunto solucionado. Una vez más, la irrefutable teoría de las tareas restantes1, impera y se hace incontestable. Pasa a ser un tema policial y aquí paz y allí gloria.
¿Nos hemos parado a pensar en semejante dislate?… un par de policías escrutando con sigilo a un perro y a su amo, esperando a ver si se va sin limpiar el detrito urbano. ¿Es que alguien osará hacerlo delante de la patrulla, será tan chulo de irse dejando el “regalo”? Evidentemente no, lo normal es que infractor no lo ponga tan fácil. Así que en primer lugar, enviar o destinar a Agentes a hacer esa función es inútil. Alguien puede pensar que la solución  podría ser, ir de paisano, de incógnito, de “secreta” si se quiere… ¿En serio, de verdad? ¿Pensamos gastar los recursos municipales de esa manera? Destinando a Agentes habilitados por el subdelegado de Gobierno para multar a vecinos sin escrúpulos que no limpian las cacas de perro.
Seguro que ustedes se les ocurren doscientas maneras más eficientes de destinar a Agentes de incógnito.
Pero pongámonos es situación, lo vemos, lo identificamos y lo multamos. Comienza así un expediente sancionador con todos sus trámites y reglas. Llega la sanción y el fulano la paga. Pero a ese infractor, que es un cerdo, un maleducado y nada solidario con sus vecinos, la sanción, ¿qué nos soluciona a toda la colectividad? Nada, cero, no sirve de nada. Muy probablemente, ese insolidario ciudadano lo será aún más, enfadado con una sociedad que le multa por unas cagaditas que su perro dejó una vez y justamente allí estaban los malos de la película para multarle.

El problema no es policial, la policía no lo puede solucionar. Solo se me ocurren tres maneras de solucionar esta proliferación de excrementos sin solución de continuidad.
La primera, educación, que es la piedra angular de una sociedad moderna y solidaria.
Cada vez hay más perros, porque es la moda, así de claro. La gente se compra un perro porque su vecino tiene un perro. Pasó lo mismo con los todo-terrenos, porque que sepamos no hay más montañas hoy que ayer. La gente hace lo que hace otra gente, y la moda de los perros está aquí y va a durar mucho; un perro es algo más que una mascota cualquiera; un perro te da cariño, es leal y servicial, bueno, es el mejor amigo del hombre; no lo vamos a descubrir aquí. En resumen, que es tremendamente agradecido tener perros, por eso la gente los tiene a mansalva y los va a seguir teniendo. De ahí que hace unos años la maquinaria legislativa del Estado se puso a imprimir normas relacionadas con los animales de compañía. Se creó un fichero, del que son competentes los Ayuntamientos en llevarlo a buen término, unos requisitos para poseer perros de raza peligrosa, penalizó su muerte y maltrato, los municipios hicieron lo propio con sus ordenanzas… y así hasta hoy. Donde el negocio de los canes da de comer a mucha gente. Los veterinarios proliferan, como las empresas de recogida de animales extraviados, las de adiestramiento, peluquerías, pajarerías, fabricantes de casistas de madera, hasta carreras “running” con perros. ¡Esto es la revolución! Pero se nos ha olvidado una cosa, educar a los amos de los animales.
Piensen un momento en algo que es pura lógica: la gente se ha comprado un perro sin tener la más remota idea de lo que ese animal necesita. Tiene un perro pero le entra pereza cuando tiene que sacarlo a pasear; a las nueve de la noche lo saca con prisas, el animal se ha pasado el día en un piso y nada más salir defeca en la acera. Lo hace rápido porque sabe que pronto volverá a su casa, donde allí, por supuesto no puede hacerlo donde quiera porque le van a abroncar.

Si un perro tuviera la tercera parte de raciocinio que su amo, no se dejaría sus deposiciones sin recoger; porque los perros son sociables y con ese plus de inteligencia que imaginariamente le hemos dado, no pensarían ni por un momento en dejar las calles llenas de excrementos para el uso y disfrute de los demás. Porque ese es el quid de la cuestión. Cuando los amos no limpian, lo que están diciendo a la sociedad es algo tan duro como: “estoy dejando mierdas en mi ciudad, porque me importa un comino que las calles estén llenas de estos excrementos; sí, así soy yo, un ser despreciable que ensucia su ciudad, que piensa que esto lo tienen que recoger otros, pero yo no. Llámenme cerdo, me trae sin cuidado. Ah, una cosa más… jódanse”.
No les parece que esta clase de personas necesitan educación?

Sería necesario un curso de civismo incluso antes de adquirir la mascota, que se articule a través de las tiendas de animales, obligatorio, como requisito previo a la obtención del animal. Y cambiar la hipotética sanción por la repetición de ese curso. Un curso que debería encargarse el propio Ayuntamiento como competente que es en el problema.
Sin descartar una agresiva campaña de publicidad; imagínense un cartel con la foto de una persona, un perro y una deposición, abajo la parrafada que hemos entrecomillado. El hombre podría ser un padre de familia, o alguien conocido y respetado, para que se viera que cualquiera puede ser un gorrino con sus conciudadanos. Con un rótulo algo bizarro e impactante como el que da título a este artículo “Una ciudad de mierda”. Jugando con esa doble condena que lleva el hecho; no solo se transgrede una ordenanza municipal, sino que pensamos que nuestra ciudad es un gran basurero donde podemos arrojar cualquier despojo en cualquier momento. ¿Es esa clase de vecino el que queremos tener?

Campaña publicitaria, educación y por último, y como todos saben de sobra, cuando a uno le tocan el bolsillo es cuando de verdad aprende. Pero ya hemos dicho que la sanción no es la solución… Así que solo nos queda una opción, aplicar una tasa de recogida de excrementos.

¿Qué ciudad no tiene deposiciones en la actualidad? Solo aquella que se afana en limpiarlos. Por poner un ejemplo, Peñíscola (Castellón), una ciudad donde a las 6.00 AM una brigada bien pertrechada de servicio de limpieza se propone de lunes a domingo, dejar la ciudad como los chorros del oro; no hay excrementos porque ha venido alguien y los ha limpiado. Eso se lo pueden permitir ciudades que viven del turismo, la imagen y la pulcritud; pero seamos sinceros, todas las ciudades no son Peñíscola y no pueden destinar ingentes cantidades de dinero en limpieza viaria. 
La solidaridad a la fuerza, eso es lo que se conseguiría con la aplicación de esa hipotética tasa. Hoy en día aún son pocos los vecinos que llaman la atención a los incívicos. Pero con esa tasa, todos seríamos esos mil ojos vigilantes, porque lo que desearíamos es que nuestras calles estuvieran limpias para no pagar esa suerte de pena colectiva y pecuniaria. Digamos que el infractor sentiría el peso de la tasa como un acto propio, y el vecino ofendido haría las veces de vigilante. Un futuro Orwelliano2, como casi siempre que alguien vigila a alguien; quizás de las tres medidas, la más difícil de aplicar.

No obstante los Ayuntamientos se desesperan en placar este ataque de inmundicia sin solución aparente. De hecho las quejas de los vecinos crecen exponencialmente. Pero la evidencia demuestra que las sanciones, la vigilancia o video-vigilancia, las campañas informativas, la proliferación de las zonas de esparcimiento perruno o pipi-canes, no solucionan nada. Las deyecciones continúan. Y solo con educación y civismo podremos erradicarlas. Eso es algo que debe hacer la sociedad en su conjunto, la policía también, pero como una parte más de ella y no como último recurso.


Para finalizar, no quisiera dejar de mencionar a los cientos de miles de cívicos conciudadanos que sí recogen las heces de sus perros; que son los que más, pero que sin querer estamos criminalizando. Un acto que realmente ocupa escasos segundos en nuestras ajetreadas vidas, pero que ayuda a tener una ciudad más limpia. Como siempre, la actitud de unos pocos ensucia la de los demás y ensucia también, las calles.

1 Muy sucintamente, la teoría de las tareas restantes viene a decir que, cuando todos los mecanismos de la sociedad  (o de la administración) fallan ante un problema, el último lugar siempre estará la policía para solucionarlo. A colación con el tema tratado, se ha dejado a la policía un problema, que ha fallado o no ha podido solucionarse en otros estamentos.
Se puede entender fácilmente viendo a un policía actuando ante un enfermo mental. Como se puede deducir, las fuerzas y cuerpos de seguridad  no pueden solucionarle su problema, pero tiene que intervenir porque ha sido requeridos para ello. Pero antes, todo el sistema ha fallado o no ha podido dar solución a ese problema.


2 Orwelliano es un adjetivo que usa en política para referirse a gobiernos, políticas o medidas típicas de una dictadura que intenta mantener un control absoluto de los ciudadanos de una nación valiéndose de cualquier medio a su alcance. Un estado orwelliano puede generar una especie de paranoia colectiva en el afán de perseguir a supuestos conspiradores mediante cacerías de brujas, juicios políticos por crímenes de pensamiento, lavado de cerebro, violación de la privacidad, tortura, asesinato, etc. (Metapedia)

No hay comentarios:

Publicar un comentario