Esta teoría criminológica viene a decir que los
signos de desorden social favorecen la comisión de actos delictivos y que a su
vez hacen aumentar la delincuencia.
Por desorden social entendemos la presencia en la vía
pública de vendedores ilegales, drogadictos, prostitución, mendigos, jóvenes consumiendo
alcohol…; también otros signos de alteración física, como vehículos
abandonados, basura, edificios en estado de ruina, pintadas, suciedad…
Todos estos ítems crean una sensación de abandono,
dejadez, o desidia que va calando en la ciudadanía y se transforma en el
peligroso mensaje de que todo está permitido en esa ciudad, barrio, o entorno.
Que nadie vigila, que nadie se hace cargo.
Este caldo de cultivo provoca entre los
conciudadanos una sensación de inseguridad que lleva aparejada un menor
contacto con la sociedad a la pertenece, o lo que es lo mismo, se tiende al
aislamiento y evitar salir a la calle. Por lo tanto, esa prevención social innata
que poseemos todos los seres humanos de proteger aquello que es nuestro se
desvanece. (control social informal).
Cuando los signos de desorden social, se juntan con
el control social informal bajo mínimos, la delincuencia crece de manera
exponencial, pues se siente atraída por esa zona en la que parece que existe
una ausencia de normas. Esos lugares descritos inician una peligrosa espiral de
delincuencia y marginación sin solución de continuidad.
Las calles se quedan vacías y unas calles sin
personas son calles inseguras (Jacobs 1995).
La ciudad contemporánea es un lugar con relaciones
sociales fragmentadas, anónimas y superficiales que originan sentimientos de
inseguridad y conflicto (Louis Wirth 1938) si a ello le restamos el control
social informal, tenemos un cóctel explosivo de delincuencia e inseguridad pública.
La ciudad necesita de esos mil ojos que somos todos
aquellos que cohabitamos en ella.
En España por Ministerio de la ley 7/85 de Bases de
Régimen Local se estipula que las competencias de los municipios son: Seguridad en
lugares públicos, salubridad pública, ordenación de tráfico y personas; promoción
y gestión de parques y jardines, disciplina urbanística y servicios sociales,
entre otros.
Por lo tanto, son la primera fuerza que debe luchar
contra esos cristales rotos, previniendo el aumento de la delincuencia; aunque
la competencia en seguridad pública la ostente el Estado.
La cuestión angular es, si debido a la crisis sistémica
y económica que asola al país, las administraciones locales pueden verse tentadas en recortar en la prestación de servicios que emanan de esas competencias.
En Estados Unidos, donde la delincuencia hace ganar
o perder elecciones, y los propios ciudadanos eligen al Jefe de la Policía en
comicios cada cuatro años, se hicieron eco de esta teoría.
En los años 90 la ciudad de Nueva York era un foco
de criminalidad; su jefe de policía Willian Bratton creó una campaña llamada, “policía
de calidad de vida” y atacó desde la raíz los actos de desorden social que
reinaban en la ciudad, fue implacable incluso con aquellos que eran meras
faltas administrativas que no habían sido de relevancia policial hasta la
fecha. Instauró incluso las identificaciones aleatorias. La delincuencia
descendió un 60%.
La teoría de los cristales rotos o de las ventanas
rotas fue postulada por Wilson y Kelling 1982 y Coles 1996.

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