Lo que provocó la proliferación y la impunidad del ya manido "top manta" y el fenómeno mantero.
En ciudades de turismo de sol y playa, el problema no solo renace cual ave fénix en temporada estival estrictamente, sino que esta "tranquilidad" con la que operan los "manteros" comienza allá por el mes de marzo y se alarga hasta bien entrado noviembre; por lo que el problema deja de ser estacionario.
El tipo penal exige que en el momento de la venta, cuando el hecho se está cometiendo, el valor de la mercancía supere los 400€; umbral que convierte el hecho en delito. La cifra es irrisoria, puesto que el valor de aquello que se vende de estraperlo, nunca superará esa cantidad, pues tratamos con material de ínfima calidad o en su caso burdas falsificaciones carentes de valor.
Nos encontramos ante hechos que a priori son falta, pero que por ser delitos semipúblicos, necesitan denuncia del agraviado para ser perseguidos. Para más inri, las grandes firmas que son falsificadas, en la inmensa mayoría de las ocasiones no denuncian y se limitan a incluir en el precio de sus productos, las pérdidas que contabilizan con esta ilícita actividad. Primera reflexión, ¿Quién pierde?
Hecha esta contextualización jurídica, queda solo una vía de actuación ante este negocio ilegal. Será la administración Local, a través de la Policía Local, la que intentará hacer cumplir la ordenanza municipal, que prohíbe la venta ambulante no autorizada o venta no sedentaria.
Todos pensábamos al comienzo de la temporada estival, dada la situación económica tan delicada que atraviesa nuestro país, que el ciudadano haría un acto de contricción y dejaría de colaborar con el negocio de productos falsificados. Más que nada por aquello de arrimar el hombro y que esto tome algo de aire. Nada más lejos de la realidad, el hombre de a pie, aquel que paga sus impuestos y se las ve y se las desea para llegar a fin de mes, sigue apoyando este vergonzoso negocio ilegal y aún más, se permite el lujo de recriminar la actuación policial, tachándonos de racistas y xenófobos.
Uno se va fastidiado a casa, al ver como las actuaciones policiales quedan en ridículo y solo queda una huída indecorosa. Eso cuando no acaban con Agentes heridos, como los recientes casos de Barcelona y Alicante. O incluso los hechos ocurridos en Madrid, con vendedores persiguiendo a la Policía y ésta abriendo fuego intimidatorio por verse acorralada. Qué desproporcionado, por perseguir el cumplimiento de una ordenanza municipal… Es como si fuéramos a identificar a un hombre que no limpia las deposiciones de su perro y acaba el policía con un ojo morado.
Una segunda reflexión, ¿Por hacer cumplir ordenanzas municipales acabamos con policías en los hospitales?
Algo que me inquieta y perturba, son esas reacciones ciudadanas ante la intervención policial en la venta no autorizada. Esos gritos de ¡racistas! que nos vierten, esos abucheos hacia los Agentes que enaltecen al vendedor, que se crece y se siente protegido. Esa humillación que recibimos y esa inseguridad que provoca el anonimato de la masa, curiosamente agolpada para ser espectador de la intervención policial.
No dejo de preguntarme el porqué de estas reacciones, que confunden el racismo con el principio de autoridad, el orden con la ética. Que dejan el oficio de Policía por los suelos y minan la moral de los Agentes.
Quizás la gente piense que la policía en España es xenófoba; y lo que no saben es que, cuando suena la emisora policial, y nos alertan de un accidente, un robo o una pelea, a nadie se le ocurre preguntar si es extranjero o español, vamos y solucionamos, es nuestro trabajo.
Tercera reflexión, ¿Pero de verdad, la gente piensa que la policía es racista?
Al ciudadano le han metido en la cabeza una suerte de ideas relacionadas con películas americanas y acontecimientos históricos sobre el racismo, apartheid, esclavitud y piensa que todo eso confluye en el vendedor de bolsos.
Creo que el ciudadano vive en una dulce inopia, donde los vendedores se ganan la vida honradamente, porque si no trabajan en la manta, andarán atracando gasolineras.
Una clarificadora cuarta reflexión, ¿todo aquél que no tiene trabajo se dedica a robar? En España tenemos casi 6.000 millones de potenciales ladrones, por esa regla de tres, claro.
No hay día en el que no me pregunte si el ciudadano no sabe que al comprar de manera furtiva esos productos está colaborando con la diabólica red de falsificaciones. Red que comienza en China, explotando a menores en subterráneos, produciendo esas falsificaciones noche y día sin descanso.
Si quizás no sabe que el producto que compra es de dudosísima calidad y que no obtendrá garantía alguna si le provocara efectos adversos en piel, ojos u otras partes del cuerpo más delicadas (también se vende ropa interior).
Si se ha dado cuenta que en realidad le están engañando, pagando dos o tres veces lo que vale el producto; un bolso falsificado tiene un precio de coste de 3€ y se vende por una media de 20€.
Si acaso piensa en el comercio que paga sus impuestos y tiene a gente contratada, lo que le supone tener en frente a personas que de manera completamente fuera de la Ley, venden su mismo material con pingües beneficios y a precios que revientan la competencia. No piensa que destroza al pequeño comerciante que como él, sufre para llegar a fin de mes y poder pagar las nóminas de los empleados.
No se da cuenta que colaborando con la venta ilegal, le está diciendo al vendedor furtivo que así se puede ganar la vida en este país. No sería mejor explicarles que en España existe un principio de igualdad y que todos deben ganarse la vida con iguales condiciones que otro ciudadano.
Que se deben buscar un puesto de trabajo y labrarse un futuro por la vía legal, como cualquier hijo de vecino, siendo uno honrado; que en este país, pese a lo que digan los mercados, los inversores, el BCE o Ángela Merkel, lo que hace falta para levantar este maltrecho país es gente honrada.
Es por lo que le pido al ciudadano que nos ayude a terminar con este gran problema, que otros se han encargado de despenalizar y muchos a confundir.
Ciudadano, es usted nuestro último aliado.
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